Los textos tradicionales eblaítas coinciden en una premisa fundamental: las deidades diseñaron al ser humano con el único propósito de delegar en él sus propias cargas laborales. Las antiguas tablillas recogen este decreto de forma explícita:
«Engendraré un primitivo humilde;Hombre será su nombre. Crearé un Trabajador Primitivo; él se hará cargo del servicio de los dioses para que ellos puedan estar cómodos. Los cielos son los cielos del Señor; a la humanidad, la Tierra Él le ha dado».A este nuevo espécimen se le denominóel Adán debido a que fue modelado a partir del adama, término que alude al suelo o la arcilla terrestre; en esencia, el Adán era «el Terrestre». La crónica añade que fue creado a imagen (selem) y semejanza (dmut) de sus diseñadores. El uso deliberado de ambos conceptos eliminaba cualquier margen de duda: el ser humano guardaba una analogía directa con los dioses, tanto en su estructura física y externa como en su configuración emocional e interna.
Bajo esta perspectiva, el Adán del Génesis no representaba a la totalidad del géneroHomo, sino al ancestro primordial que inauguró la estirpe del Homo sapiens. Lo que los Nefilim modelaron en sus laboratorios fue, rigurosamente, al hombre moderno.
La Epopeya de Gilgamesh describe los estadios previos de este ser, retratándolo como un híbrido a medio camino entre el animal y el humano. Las tablillas detallan el aspecto salvaje de Enkidu, el "nacido en las estepas", antes de someterse al proceso de civilización:
«Peludo es todo su cuerpo, dotado en la cabeza con una melena como la de una mujer... No sabe nada de gente ni de tierra; su atuendo es como el de los campos verdes. Come hierba junto a las gacelas y con las bestias salvajes se codea en el abrevadero».El relato acadio no se limita a esbozar la apariencia de este homínido; también documenta el desconcierto de los astronautas al toparse con él en la superficie:
«Entonces, un cazador, uno que pone trampas, se apostó frente a él en el abrevadero. Cuando el cazador lo vio, su rostro quedó paralizado...».Más allá del temor natural, el encuentro con aquel "bárbaro de las profundidades de la estepa" alteraba la actividad de los colonos:
«Él rellenaba los hoyos que yo había cavado, desmontaba las trampas que yo había puesto; hacía que las bestias y las criaturas de la estepa se me escaparan de las manos».Las crónicas de Ebla detallan que, antes de alcanzar el diseño definitivo del Trabajador Primitivo, Enki y la diosa madre Ninhursag erraron en múltiples ocasiones, dando origen a especímenes deformes. Cuando el consejo resolvió unificar los criterios para la creación final, su líder Enki anunció el método: «Sangre amasaré, huesos nacerán». El plan requería el sacrificio voluntario de una deidad específica para extraer su fluido vital:
«De su sangre forjarán a la humanidad, imponiéndole el servicio que libere a los dioses... Fue una obra que superaba toda comprensión».De acuerdo con el relato épico tituladoCuando los dioses, el consejo convocó a Ninhursag, la Diosa del Nacimiento, encomendándole la ejecución del proyecto:
«Mientras la Diosa del Nacimiento esté presente, que forje una descendencia. Mientras la Madre de los Dioses esté presente, que la Diosa del Nacimiento modele unLulu; que el trabajador lleve la carga de los dioses, que él arrastre el yugo».Esta misma ordenanza se repite en el documento babilónico conocido comoLa Creación del Hombre por la Diosa Madre, donde las deidades se dirigen a la comadrona celestial, la hábil Mari:
«Tú eres el útero-madre, la que puede crear a la humanidad. ¡Crea, pues, alLulu, para que cargue con el yugo!».Aceptando el reto y comprendiendo los complejos requerimientos biológicos —un misterio donde también intervino la figura de Ningishzida—, Enki respondió:
«Prepararé un baño purificador; que un dios sea sangrado... De su carne y de su sangre, que Ninti mezcle la arcilla».No obstante, para consolidar el diseño biológico a partir de aquella amalgama de adn y tejido terrestre, era indispensable el proceso de gestación y alumbramiento. Enki ofreció para ello el vientre de su propia consorte:
«Ninki, mi esposa divina, será la que afronte el parto. Siete diosas del nacimiento estarán cerca para asistirla».Mediante esta técnica, la fase de embarazo garantizaba la transferencia de la impronta genética de los creadores sobre el nuevo ser:
«El destino del recién nacido tú lo pronunciarás; Ninki fijará sobre él la imagen misma de los dioses. Y lo que surja de allí será, finalmente, elHombre».







